HASTA QUE LA MUERTE NOS SEPARE

Pastor Matias Reynoso Vizcaíno


En 1 corintios 13:8 dice: ¨El amor nunca dejará de ser¨…  de pronto, el matrimonio es la continuación del amor de Dios para llegar a la familia.  En ese sentido, nuestro consorte es la porción de amor de parte de Dios.  Por tal razón, tenemos que mimar, proteger y desear dicha ración en todas las circunstancias naturales de la vida misma.

La persona que hemos elegido para matrimoniarnos, le juramos amor en la salud y en la enfermedad. Y también, convertirnos en una sola carne, fecundarnos  y multiplicarnos.  Hacer cumplir este mandato de amor es un acto de justicia.  Si queremos ser buenos cónyuges, colguemos este juramento en nuestras gargantas, como un policía que custodia los dichos todas las mañanas y vigila mis acciones en todas partes.

Ser la otra parte de la pareja es una responsabilidad compartida a otros ministerios en la iglesia. De ahí que, cuando usamos nuestro matrimonio como un ministerio, somos empujados hacia Dios.  Usados como el perfume del perfumista que llena de aroma toda la casa.  Aun así,  abran días de calamidad.  Pero deben ser enfrentados como una sola carne.

La mujer debe sentir ligera el peso del marido sobre su cabeza.  Y por otro lado, el esposo tiene que respirar el respeto de una compañera que se sienta amada.

Pidamos a Dios, cultivar el buen cuidado que debemos ofrecer a nuestros cónyuges.  Nosotros jamás podríamos ser la causa de su sufrimiento.  Tampoco debemos de crearle recelos o envidias.  Nunca podríamos echar a un lado la bendición de Dios en nuestros costados.  Si la amamos, podemos ser  felices juntos, y esta vida será vivida.

Recordemos lo siguiente: la mujer que tengo hoy, es el resultado del tipo de semilla que sembré en ella, ayer.
¡Hasta que la muerte nos separe!

Jueves 18, Mayo

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